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Un dique contra el Mediterráneo

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Héctor Manuel Gachs Sánchez

Decorative Letter H | ClipArt ETCace unas semanas se discutió en el pleno municipal de Motril la moción para declarar la emergencia climática en la capital de nuestra costa tropical. Con la perspectiva que nos da el tiempo, estas manifestaciones institucionales no van más allá de una mera expresión de reconocimiento de una realidad científicamente probada y de una voluntad de actuar en favor de reducir el impacto humano sobre el clima. Se trata, por tanto, de una declaración simbólica, pero con una carga ideológica muy profunda. Aunque se aprobó con un único voto en contra, por lo que me cuentan las intervenciones fueron de lo más pintoresco, desde quien dijo que lo más recomendable es que Motril podría sumarse cuando se alcanzase una declaración de emergencia mundial, a quien afirmó que la aprobación de esa declaración asustaría a los turistas. Incluso un concejal, el más ideológicamente refractario a asumir la situación y cuyo modo de vida consiste en la gestión de uno de los chiringuitos de la playa, dijo que no había que creerse las mentiras alarmistas de los ecologistas.

Cuando año tras año, a consecuencia de las marejadas del invierno y de la primavera, los paseos marítimos y las playas se inundan o directamente desaparecen, algunas de estas declaraciones formales e institucionales(puesto que se han hecho en un Pleno, ante público y con un funcionario de habilitación nacional levantando acta), me suenan a cuñadismo de bar y cubalibre.

¿Cuántos miles y miles de euros nos cuestan a todos los españoles –aprovecho para recordar que, según el artículo 132.2 de la Constitución, la costa es un bien de dominio público estatal- la reposición de solería y de arena cada año? ¿Es sostenible seguir gastando el dinero de todos mientras que no solo no se actúa para reducir el impacto del cambio climático sobre nuestra naturaleza, sobre nuestro modo de vida, sobre nuestra economía, sino que ni siquiera se admite la existencia de dicho cambio climático?

Por lo visto sí. Puede que no sea medioambientalmente razonable pero es que no es solo políticamente defendible sino obligado pues es una de las formas más cómoda de ganar votos. Cuando tras cada gran marejada los diques se desbaratan, los paseos marítimos desaparecen y la arena se esfuma, los políticos de los grandes partidos aparecen en prensa anunciando o prometiendo, dependiendo de si están en el gobierno o en la oposición –en todo caso con fotografía ante una Playa Granada bajo el mar-, más hormigón, más espigones y más camiones con arena. En el generalmente indiscutido mundo del desarrollismo y del crecimiento económico infinito, tomar partido por el decrecimiento y criticar que seguir gastando dinero en proyectos condenados al fracaso es como hacer una hoguera y vaciar dentro camiones y camiones de billetes de quinientos euros no es ni popular ni levanta muchas simpatías pues ataca radicalmente el dogma de la sacrosanta creación de empleo. Pero alguien tiene que decirlo, para que quede constancia de que el consenso de los grandes partidos y una mayoría social no significa que se está en posesión de la verdad absoluta. La función del bufón, el depositario de la loca sensatez, es susurrarle al emperador que está desnudo.

La arrogancia del ser humano pretende que, armado con su tecnología, puede superar cualquier reto que le plantee la naturaleza. En la carrera por el cada vez más grande, cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más rápido, lo de “navegar contra los elementos” parece haberse convertido en el lema de nuestra especie –siempre hablo del ser humano como el animal insatisfecho por naturaleza-. Sin embargo, los terremotos, las tormentas, los huracanes, las sequías, nos ponen en nuestro lugar y nos recuerdan con insistencia que no dejamos de estar expuestos a unas dinámicas globales que escapan a nuestro control. El cambio climático en el que la Tierra está inmersa es un fenómeno sistémico que está desatando unas fuerzas desconocidas desde los finales de la última glaciación y que supusieron el obligado tránsito de unas formas de vida a otras: calentamiento global de la atmósfera y de las aguas marinas, desaparición de los hielos polares, ascenso del nivel de esas mismas aguas marinas, cambio de las corrientes oceánicas, desaparición de biodiversidad, desplazamiento de especies animales, anormalidades en el régimen de lluvias,…

Taxonómicamente nos autodenominamos, sin atisbo de vergüenza propia, “hombre sabio sabio”, así, al cuadrado, pero negando el escenario del riesgo civilizatorio al que nos enfrentamos estamos demostrando que nos siguen dominando los más arraigados instintos egoístas de la satisfacción inmediata.

Y volviendo al principio, a lo local, como me gusta explicarles a ustedes la razón de los títulos de mis columnas, paso a continuación a desvelar como he llegado hasta aquí. Según el diccionario en línea de la Academia española de la lengua el término “dique” procede del neerlandés “dijk” y, en su primera afección, designa un muro o construcción para contener las aguas y, en su tercera, una barrera u obstáculo opuesto al avance de algo que se considera perjudicial. Marguerite Duras, mi escritora absolutamente favorita, escribió en 1950 una novela titulada Un barrage contre le Pacifique–“barrage” que en su traducción al castellano se convirtió en “dique”-, inspirada en parte en su propia vida. “La Duras”, como la conocen en Francia, nació en 1914 en la Indochina francesa, donde su familia recibió una concesión para la explotación de una finca en una marisma en lo que ahora llamaríamos primera línea de playa que, con cada monzón, quedaba sumergida por las aguas del océano y que, tras cada monzón, pretendían proteger poniendo a sus peones vietnamitas a levantar un dique cada vez más alto contra las olas. Pese a la altura creciente del muro, el Pacífico inundaba con rutinaria insistencia las tierras de labor que acabaron estériles por la salinidad (anímense a leer la novela porque no les he destripado la trama, la lucha contra el mar no es más que el trasfondo cotidiano sobre el que se mueve la historia).

Marguerite Duras, que es una de mis referencias de coherencia e integridad moral (ya octogenaria fue condenada a indemnizar por sus ataques a Jean-Marie Le Pen, líder de la ultraderecha negacionista francesa), describe en esta novela la insensatez de pretender disputar a la naturaleza sus derechos. Es cierto que el mar Mediterráneo no es el océano Pacífico y que conseguimos levantar diques cada vez más altos para proteger las playas, que conseguimos reponer la solería de los paseos marítimos, que conseguimos acarrear más metros cúbicos de arena para recrear las playas, pero cada temporal nos recordará que las obras humanas a la larga siempre acaban sucumbiendo a la fuerza de las olas y del viento.

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