


El programa de hoy, que es continuación del anterior y completa el amplio capítulo del jazz como música de consumo de masas, va bien cargado. En esta segunda parte nos vamos a centrar en la Prohibición, el pánico moral desatado entre los moralistas ante el consumo de alcohol y otras sustancias. Así que vamos a tener un programa muy colocado, relacionado principalmente con el jazz y su relación con sustancias lisérgicas: alcohol, cocaína, opio y marihuana, sin olvidar el baile y hasta los dibujos animados a ritmo de jazz primitivo.
El auge del gansterismo y el crimen organizado tiene mucho que ver en los Estados Unidos con la prohibición de bebidas alcohólicas cuyos partidarios llamaron
el «experimento noble», pero que para la mayoría se trató de una ley impuesta a su pesar. La llamada «Ley Seca» que entró en vigor en la medianoche del 16 de enero de 1920, promovida por asociaciones cristianas y eugenistas y ligas de mujeres antisalón, principalmente, prohibía traficar con alcohol, elaborarlo, distribuirlo o venderlo, estuvo en vigor trece años y durante ese periodo las actividades del crimen organizado se dispararon: mientras todos los establecimientos con licencia para servir alcohol tuvieron que cerrar, se estima que 200 000 clandestinos surgieron, los llamdos speakeasys.

La desafortunada «Ley Seca» que prohibía la venta de alcohol y clausuraba los salones, era al mismo tiempo ampliamente desobedecida y provocó una auténtica fiebre por frecuentarlos, aunque fuera a hurtadillas y con no poco riesgo. Asi como, en principio, el objetivo de esta represiva Ley era conducir a una nación sobria, el resultado final, tras una década en vigor, puede resumirse en mayor corrupción y crimen organizado, y mayor número de bebedores, de alcohólicos, incluso. Y fueron muchas las canciones que entonces hicieron referencia al tema de la Prohibición, que dividió a la nación estadounidense entre «secos» y «mojados».

Es sabido que en los clubes de Nueva York regentados por gángsters, como por ejemplo el archiconocido Cotton Club de Harlem, un club segregado solo para ricachones y mafiosos blancos, propiedad del holandés Dutch Schultz, las alcohólicas veladas estaban amenizadas por potentes orquestas de jazz, como las de Duke Ellington y Cab Calloway. En Chicago, en los clubes propiedad de Alphonso Capone, o en los que este solía frecuentar con sus matones, actuaron asiduamente bandas como las de Earl Hines, Fats Waller, Jimmy McPartland o los Coon-Sanders Night Hawks, los predilectos de Scarface, Cara Cortada, otro icono de la era del jazz.
Alcohol y drogas —así designadas a partir de los años 20— se asocian al jazz desde sus comienzos, tal como la música en general y sus distintas ritualidades se asocian con la ingesta de estimulantes y psicotrópicos desde tiempo inmemorial. A partir de 1914 aproximadamente da comienzo la época del control represivo sobre las denominadas «drogas». Pero la noción de «droga» con la que durante décadas nos ha martillado la propaganda institucional era aún difusa. No hay que olvidar que sustancias como el láudano, el cannabis, la cocaína, la morfina, etc., se vendían en las droguerías sin receta ni restricción alguna. Y por supuesto, en el mundo elegante, el de las estrellas de cine, los artistas y los ricos ociosos, era usual entonarse con cocaína y marihuana.

Tampoco es de extrañar que en una nación presa de una aguda paranoia racista el «problema de las drogas» fuera de la mano de la cuestión racial. En efecto, cada droga estuvo relacionada específicamente con un grupo racializado: opio en el caso de los asiáticos, marihuana en el de los mexicanos, y cocaína como una droga de negros. ¿Por qué, si numerosas estadísticas indicaban lo contrario? De hecho, el problema relacionado con el alcohol que verdaderamente
preocupaba a los negros en toda Norteamérica era el riesgo de lo que podía sucederles cuando los blancos se embriagaban. Pero el New York Times y otros periódicos insistían de forma sensacionalista en el consumo de cocaína y alcohol entre los hombres negros. Sin embargo, la mayoría de los investigadores coligen que aquella campaña desinformativa, fruto de un pánico moral, no era más que un mito propagado con fines ideológicos racistas.
Entre las sustancias psicotrópicas que consumieron los músicos de jazz durante los años veinte y treinta, ya fuesen de Nueva Orleans, Kansas City o Chicago, se llevaba la palma el cannabis, que en las orillas del Misisipi crecía casi salvaje. En Nueva Orleans, los músicos recurrían a ella y en sus viajes migratorios la yerba no faltó en sus petates. Hasta que se desencadenaron las campañas punitivas en su contra, no se consideraba que fumar yerba fuese adictivo ni que incitara a la violencia o a un comportamiento antisocial; por el contrario, especialmente en ambientes bohemios y artísticos, musicales e intelectuales, se la apreciaba por sus efectos estimulantes y relajantes, por su capacidad asociativa y su potencial creativo. La buena yerba parecía retrasar el ritmo de la música, con un sentir del tiempo más lánguido y con espacio suficiente para expresar las ideas musicales.
Otra verdadera adicción que durante los años veinte comprendió a casi toda la población menor de 70 años en los EEUU fue el baile. A mediados de esa década
deslumbrante, el jazz se escuchaba ya por todas partes. Cortadas por un patrón similar, las orquestas de baile se repetían tanto que parecían formadas por autómatas. Compitiendo entre sí, las orquestas de mayor relumbrón, bien engrasadas, llenaban salas de baile con capacidad para miles de personas. Al calor de las batallas de bandas surgieron los maratones de baile o dance derbies, con el charlestón como protagonista.
También los dibujos animados causaron mucha gracia adaptando los famosos andares de Cab Calloway y el estrépito festivo de las jazz-bands que se animaron en las pantallas para regocijo de la chavalada: Betty Bop, una sexi flapper, con Bimbo y Bosko, divertidos personajes salidos de los dibujantes que trabajaban para los estudios Fleischer, a quienes copiaría sin tanta gracia Walt Disney. Estos personajes son también iconos de la era del jazz, verdaderas maravillas del dibujo animado, plenamente surrealistas, donde siempre aparecía una orquesta de muñecos que cantaban y bailaban celebrando la alegría
Escuchamos en este programa temas relacionados con drogas, alcohol, baile y cartoons a cargo de Clarence Williams, Earl Hines, Bix Beiderbecke, Saltz Randall, Larry Adler, Rosetta Howard & The Harlem Hamfats, Richard Myknee Jones Jazz Wizards, Jelly Roll Morton’s Red Hot Peppers, Dick Justice, Charles Creath’s Jazz-O-Maniacs, Coon-Sanders Original Nighthawks, McKinney’s Cotton Pickers, Bo Carter, The Missourians y King Oliver Creole Jazz Band.


HISTORIA SOCIAL DEL JAZZ PRIMITIVO. Capítulo 9 «Jazz y cultura de masas». Segunda parte: Ley seca, locura del baile y otros colocones
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