


HISTORIA SOCIAL DEL JAZZ PRIMITIVO. Capítulo 10
«Renacimiento Negro, Harlemania y Jungle Jazz»
Atención porque este es nuestro penúltimo episodio… y en él vamos a aterrizar en Harlem, epicentro del jazz -ya no tan primitivo- a finales de los años 20. Vamos a tener un programa cargado de música vertiginosa, con glamurosas orquestas que tocan el trepidante jungle jazz que causa furor en Nueva York. Asistiremos tanto a clubes nocturnos, como a fiestas en apartamentos, y al Renacimiento de la cultura afroamericana en todo su primer esplendor gracias al empuje de las asociaciones de derechos civiles, al ensayo, la literatura y las artes plásticas, cómo no, al baile y la música negras.
Estos son los primeros recuerdos del escritor afroamericano Langston Hughes nada más pisar Harlem a comienzos de los años veinte: ìYo estaba enamorado de Harlem mucho antes de haber estado allí, y sigo estándolo. Todos parecían desear hacerme sentir a gusto. El aspecto oscuro puro de Harlem me intrigaba. El hecho de que en ese entonces vivieran allÌ poetas y escritores (…) también me fascinaba. El jazz llenaba el aire de la noche aunque no en todas partes y no bien oscurecía, caía gente de todo Nueva York para contemplar nuestra ciudad dentro de una ciudad, el negro Harlem.
«A diferencia de los blancos que llegaban a Harlem a gastar dinero, únicamente unos pocos vecinos del barrio parecían vivir en modesto bienestar. La mayoría tomaba el subterráneo todos los días camino al centro, a trabajar o buscar trabajo. A los harlemitas que no tomaban cada mañana el suburbano para ir a trabajar o buscar empleo en el centro de la ciudad, les dieron en el barrio trabajos serviles de camareros, porteros, limpiadores, lavaplatos y encargados de casas de baños. Solo unos pocos artistas negros involucrados en los espectáculos de variedades pudieron hacer algo de dinero actuando como músicos y bailarines para el público blanco…, eso sí, entrando y saliendo de los clubes segregados por la puerta trasera.
Tras la primera guerra mundial, en la que los EEUU habían decidido participar a última hora para reactivar su economía y posicionarse geopolíticamente en el tablero mundial, en Nueva York brotaron las ganas de divertirse, salir a cenar y a bailar. Todos los principales hoteles de Manhattan abrieron grandes comedores, generalmente con un quiosco de música y pista de baile donde las bandas de jazz eran el principal atractivo. Solían adquirir el nombre del hotel donde tocaban de manera fija, se las conocía como “bandas de sociedad” o bandas hoteleras, tenían pretensiones cosmopolitas y se atrevían con un poco de todo: foxtrot, vals, rumba, tango o jazz, eso sí, con sofisticados arreglos, como los de Fletcher Henderson, Duke Ellington o Jimmie Lunceford, cuyo lema era el ritmo es nuestro negocio. Formalidad e informalidad contribuían ambiguamente al eficaz combinado con que se anunciaban, primitivas y modernas a la par.
Como reportaba con sagacidad en junio de 1929 la revista española Nuevo Mundo: «Pasos y ritmos lanzados en tal cabaret negro, son prestamente recogidos y popularizados por otros establecimientos análogos, y finalmente aparecen en los teatrillos de Harlem. Luego, un músico blanco se dedicar· a estudiar los temas y los ritmos, apropiándoselos en canciones y bailes que logran un éxito rotundo en alguna revista o en un café-concert de los barrios aristocráticos».
Un fenómeno que ya venÌa perfilándose pero que ahora adquiere todo protagonismo es el llamado jungle jazz, o estilo jungla, que ponen de moda en los cabarés segregados de Harlem orquestas efectista como la de Ellington o la de Calloway, que mezclan aires inspirados en el legendario continente africano, sazonados con ritmos excitantes, plenamente urbanos, que atraerÌa enseguida al público blanco. Y una vez que los blancos en busca de diversión descubrieron la ruta hacia Harlem, las migraciones nocturnas continuaron durante más de veinte años.

Aunque el Harlem de los años veinte que el mundo conoce está asociado con el hechizo del jazz que tronaba en sus clubes nocturnos, suele desconocerse el hecho de que existía una escena, si cabe más importante, de puertas adentro, que se dió como alternativa a una oferta de clubes y cabarés segregados e inasequibles para la mayorÌa. Se trata de esa forma de resistencia lúdica que eran las rent parties, las fiestas celebradas de manera privada en apartamentos que hacían de la necesidad diversión y que se celebraban con un doble objetivo: para recaudar el suficiente dinero para pagar el alquiler, de ahí su nombre: rent parties, fiestas de alquiler, y por otro, para festejar, socializarse y divertirse sin gastar ni consumir en establecimientos comerciales que muchos no podían permitirse.
A partir de cierta hora, en Harlem no parecía haber armarios. La nocturnidad favorecía un devenir excéntrico a través del cual era posible escapar de las categorías sociales y la taxonomía identitaria en materia sexual; en especial, el ambiente de los after hours era propicio para las relaciones desinhibidas al margen de la heteronormatividad. En algunos de los lugares más emblemáticos de Nueva York como el Savoy y el Rockland Palace de Harlem, el Astor Hotel y el Madison Square Garden se celebraron glamurosos concursos de belleza y actuaciones de drag queens y drag kings.
Con epicentro en Harlem, en la década de los veinte se produjo un verdadero boom de la cultura negra norteamericana, despertar bautizado como Renacimiento: en palabras de Eugene C. Holmes: «una evocación llena de orgullo de la oscura imagen de ¡frica que había germinado en un fecundo semillero, pero que adoptó una forma y un contenido nuevos». A través de una serie de instituciones sufragadas, la mayoría, con fondos blancos, una Élite de color se lanzó a reivindicar, fomentar, moldear, compilar, definir y difundir una cultura propiamente afroamericana (de raíz africana y asentada en América) bajo el planteamiento de que «nada har· m·s por cambiar la actitud mental y mejorar la situación material del negro que una demostración de paridad intelectual en el ámbito de la producción artística y literaria», como declaraba James Weldon Johnson en el prefacio de su antología The Book of American Negro Poetry (1922).

En su esperanzada búsqueda de la libertad y la autoafirmación de un yo colectivo, miles de personas en Norteamérica abrazaron la identidad africana cautivadas por la idea de una poderosa nación Negra que hermanaría ambos continentes, tal como la pregonaba el líder de la UNIA Marcus Garvey, quien alentaba a abandonar los EEUU y regresar a ¡frica. Los panafricanistas de Garvey rechazaron de pleno el mundo blanco y trataron de dar los primeros pasos hacia la construcción de una nación Negra independiente, de la que se autonombró presidente, asÌ como la autonomía económica, que pasaba por el control negro del capital a través de una serie de empresas. Por su osadÌa, Garvey despertó tanto los recelos de la Elite cultural afroamérica, liderada por W.E.B. Du Bois, como del FBI; fue perseguido por el Gobierno estadounidense y finalmente encarcelado.
Para terminar el programa, abordamos el tema del passing, literalmente pasar por… blanco en este caso, una práctica de escamoteo a la que, por interés o necesidad, según se mire, recurrieron hombres y mujeres de tez negra suavizada, dispuestos a hacerse pasar por blancos para escapar de la segregación racial e integrarse de soslayo en la sociedad norteamericana angloteutónica, el grupo dominante. El passing fue una táctica de la que se valieron afroamericanos y afroamericanas de piel clara para elevar su estatus social, integrarse o sencillamente, sobrevivir en una sociedad racista, aunque fuera viviendo en «otra piel», una mentira racial que trataron por todos los medios de ocultar tanto ante la sociedad blanca como ante sus hermanos y hermanas de color.

HISTORIA SOCIAL DEL JAZZ PRIMITIVO. Capítulo 10
«Renacimiento Negro, Harlemania y Jungle Jazz»
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